jueves, 2 de febrero de 2017

Hablar

¿De qué hablamos?

  Siempre que te encontrás con alguien que hace mucho tiempo que no ves, no sé por qué sale más fácil resaltarte alguna cualidad física que hayas modificado que decirte: "por fin te veo, no sabés lo que te extrañé". Me pasó la segunda en mis reencuentros con amigas. En diez días teníamos que ponernos justamente al día encontrando qué contar primero de todo lo que el tiempo había marcado en nuestros cuerpos cabezas y corazones: ser madre, volver, viajar, separarse o estar buscándose a una misma. Fue la primera vez en un año que a orillas del mar pude contar sin dolor lo que un año atrás me hacía no dormir, estar triste y preocupada. Creo que las olas se llevaron mar adentro una historia que me dolía hasta ese momento en que pude liberarla con el sol quemando y el salitre calando fuerte en la piel, como a veces calan fuerte las historias. Entones pude sentir muy adentro que hay cosas que no quiero repetir, y que se siente bien andar sola aunque buscando cómo quiero estar y con quién o quiénes.
  Cuando escuchás y compartís historias con gente que hace mucho que no ves las miradas son diferentes, llegan a tus oídos palabras que antes no habías escuchado y que te hacen ese eco que allá contra las rocas hace el mar cuando choca y vuelve. Con risas como banda sonora, nos escuchamos, me escucharon. Supe que cuando pasás los 30 y estás más cerca de los 40 no es que todo se pone más difícil, es que una aprende a priorizarse por sobre todas las cosas.
 Fue que conté entonces que tanto me cuesta que alguien me guste, que siempre busco "ese algo" que haga flipar mi cabeza y me revuelque como ola un día en el que en la playa te ponen bandera roja y negra (la que menos me gusta), obvié la parte de que un día me animé a decirle a casi un desconocido que eso o algo parecido a eso me pasaba. Creo que me lo callé en parte para que no me juzgaran, un zonzo detalle, nunca lo iban a hacer mis amigas. Pero creo que también fue porque cuando no te responden como te gustaría te duele, no te enoja, pero te deja un moretón. Por más sinceridad que haya de ambas partes, vos sabés que la tuya es la que corre con desventaja porque el otro puede casi leerte lo que te pasa cuando solamente ponés un: "hola", y  hasta a veces te retorcés tanto en lo que pensás que te guardás de expresar cosas porque no querés que se piensen que sos de las que mandás indirectas, ¡no!, justo eso no, después de que fuiste lo más directa que pudiste.
  Elegí en cambio contar que me río diciendo que "soy sola" (término infalible tomado de mi amiga Jimena), que soy feliz con mi perra, mi casa, mis afectos, pero que un pueblo chato me aburre, que siento que el techo me está aplastando y que en un año no veo a mi cuerpo, mi alma y mis acciones andando por estas calles firmatenses, fue la primera vez que lo dije con decisión, que dije que una charla y una birra con mi amiga Laura me habían ayudado a definirme, que siento que es difícil andar con tantas cosas por acá sin que nada pase. Fue otra liberación, el aire de mar, la relajación...o después de todo: la confirmación.
  Lo del otro pibe sí que lo conté, es fuerte cuando te responden lo que querías, más fuerte son las pausas y los silencios, y es por eso que también es mucho más atrapante y desafiante.
  Pero se me enfría el café, mientras miro una foto del sábado a las 8 am en el mar...

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